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Introducción

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Tránsito de la realidad al mito, icono perdurable, revisitado, el Ché acompaña una vida ya vivida y la vida viviéndose. Los pasos de los cubanos, en innumerables circunstancias, son seguidos por esa mirada a veces sonriente, a veces huraña del Ché. Ordenanza y promesa. Obstinación de no abandonar un sueño largamente acariciado. Un hombre que la voluntad de cambio mitifica. Aspiración y ansiedad, estadios diferentes de un proyecto al que no se renuncia. En Cuba, como suele aparecer en ciudades y campos de América Latina, la imagen del Ché Guevara se repite, quizás pasa inadvertida -de tanto verla-, pero a veces sorprende. Es como una insistente invitación a recapacitar lo andado, a recuperar  ilusiones abandonadas en el camino, que reaparecen, se imponen. Y esto ocurre porque continúa existiendo la necesidad que motivó su existencia. Mientras haya causas incumplidas, una presencia como la del Ché será recurrente, imponderable.
La lente de la cámara fotográfica no descansa. Si el objetivo es la heredad común que representa el Ché, podrá hallarla en los sitios menos esperados, como un asalto, un guiño, un recuerdo que puede resultar placentero o incómodo. Para los ciudadanos de Cuba, la persistencia de ese rostro que ayer fue realidad cercana, no puede quedar como un adorno de camisetas -pero lo es-, una moda, un banderin casual -pero lo es-, sino una exigencia -que también lo es-. Con esa imagen conviven la llevan y la traen, asoma en la pared desconchada, en una cotidianidad muchas veces ingrata: Ángel de la Guardia y  Espiritu Santo, creencia y duda, inquisitiva objetividad que, sin embargo, en ocasiones se difumina y oculta, para reaparecer inesperadamente.

La lente de la cámara fotográfica se vuelve ambiciosa, obsesiva. Ha encontrado un asunto, “el tema”. Así lo cree o lo piensa. Pero, ¿no será que “el tema” la victima, la hace suya, se adopera de su energía, le impone una presencia inalienable, se la planta en el camino y se absolutiza? Para los ciudadanos cubanos, ese “hombre de a pie”, de todos los días, el Ché puede resultar una presencia inadvertida, pero la cámara se apasiona, ya la busca, ya es buscada por la imagen. Lo muestra esta serie de fotos, sorpresas del camino y del muro, junto a la playa, cercano al beso de los amantes y a los juegos del niño. En el deterioro de una vida con escasos placeres y en la cúspide de la acción política, en la ceremonia fúnebre y en la exaltación de una ideologia que no deja espacio vacuo.
La imagen del Ché se une a otras imágenes, conglomerado donde las ideas buscaron permanencia, quisieron burlar la indolente sucesión de los días, la desidia, el abandono. Las ideas del Ché, que ya no son sus ideas porque suclen confundirse, traspapelarse, sucumbir casi, pero que se alzan inopinadamente, gritan desde el rincón más deslavazado. Entre adoquinas maltratados por siglos, aparece esa mirada auscultadota, el indice impositivo del Ché. Es adorno geométrico, colmado de arabescos vegetales, en una nebulosa confusión. Se debe a la mano del dibujante aprendiz, pero también del maestro consagrado. Ché-Cristo, Ché constructor, Ché Mesías. En la multitud que marcha y junto a la vejez del barrio, que reza o regaña. Los cercados de la ciudad parece que sobreviven para sostener esa imagen, impedir que caiga en el olvido. Y ahí está la lente de la cámara fotográfica, sedienta ya de lo que inició como simple azar, ocurrencia de visitante, búsqueda de un souvenir frivolo.

En la actual moda, donde no parece que tenga cabida el pensamiento,  rebelándose contra la instrumentalización mercantilista, el  Ché coloca un dato diferente. Es y no es objeto. Es y no es sujeto. Es una evocación a la que no se renuncia. Aquella imagen rauda en la manifestación que el maestro Korda captó sorpresivamente, hoy, transfigurada, es la misma y es otra. Es muchas imágenes porque traduce muchas ansiedades. A veces tiene elementos monstruosos, de aparecido, luego sonrie, paternal, amigo. Y es todo eso. ES lo que no muere. Y si no existieran las deformaciones y las gigantografias de esa imagen, hoy, si las borrara una lliuva bestial, no importa, con los ojos cerrados la multitud que la necesita continuaria viéndola. Interiorizada,es de nadie y de todos. Va con ellos, sembrada. Las reiteraciones del Ché acumuladas en las páginas de este álbum muestran una presencia que ya no altera el tiempo. Porque, aunque no se diga, ya no es una imagen, sino un pálpito. El pálpito vital de las multitudes desfavorecidas. Su enseñanza insoslayable es que esos favores desatendidos están al alcance de la mano, hay que recomenzar, ganárselos. Esos ojos que inquieren y ordenan, dicen que el camino no es uno, sino muchos, tantos como innumerables son las miradas que observan la imagen omnipresente del Ché.

02-06-2008 Reynaldo Gonzales
Última actualización ( Domingo, 03 de Enero de 2010 19:50 )  

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